miércoles, 6 de mayo de 2009

La teta asustada


Nada tiene que ver con Madeinusa el filme con el que la directora, antropóloga audiovisual, Claudia Llosa, se inauguraría en esa práctica de morder hasta los más insípidos pedazos de la cosmovisión de una comunidad mediante su actriz preferida Magaly Solier, su personaje preferido: una mujer aindiada, exótica, india o mestiza, más india que mestiza que deslumbra por su presencia fuera del cliché, incluso del latinoamericano, y captura la atención sin tanto trabajo.

La teta por la que pasa la leche esa que asusta a Fausta el prersonaje principal, luego se convierte en un conmunto de melodías donde el Kichwa es la entidad que prevalece con su ternura, melancolía y dolor. Ya alguien dijo que este idioma es el bluez de los andes.

La canción de una sirena que nace en la mente y se recicla en la boca de Fausta alivia las horas de su patrona, una pianista que ha perdido el arte de la composición. Es ella quien la plagia después de ofrecerle perlas a la mujer que guarda en su útero una papa, las raíces del tubérculo que empiezan a crecer violentamente.

Una papa para evitar las violaciones a las madres y a las abuelas que muerieron mordiendo el polvo por habver comido los penes muertos de sus maridos, por haber callado -pocos mestizos entienden el Kichwa, su simbolismo, metafísica- tanto a pesar de sus canciones fúnebres cargadas de una poética de la desesperanza.

Los alemanes que premiaron este filme se enfrentaron a la desesperanza desde otra cosmovisión.

La única esperanza con la que nos deja Claudia Llosa (dueña de un Oso del Berlinale, por esta peli, no por Madeinusa) es con un fundido a negro y su última escena: Fausta besando la flor de una papa -de la papa puede brotar una flor, de la amargura heredada puede emerger la alegría- del que podría ser su amor: un jardinero plagado de confesiones de plantas "ellas no mienten " dice él, en su tallo está su vida, no son como nosotros, los defectuosos seres humanos.
PP

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