miércoles, 11 de diciembre de 2019

Me before you

Resultado de imagen de me before you"


Es mentira que la sociedad actual haya evolucionado. Creo firmemente que, contrariamente, ha involucionado. Las redes sociales y las plataformas de comunicación solo incrementan el rango de una incomunicación humana que no se sabe hasta dónde llegará. Sin ser apocalíptico creo que la tecnología no ha dado sus verdaderos frutos. Los científicos están empeñados en crear mejores sistemas de inteligencia o armas de destrucción, pero han olvidado invertir sus tiempo en cuestiones tan simples como la curación medicinal para el eczema atópico o dermatitis o el sustituto para una columna vertebral que ha sido afectada por un accidente.

Precisamente sobre este último vacío de nuestra existencia moderna o actual se centra la película que ahora me ha llamado a escribir. Un hombre que tiene novia, una compañía y hasta un castillo, pero que lo pierde todo por una distracción cuando estaba hablando por el celular en un cruce de  calle: una moto lo atropella.

El hombre sueña que aún puede esquiar o escalar montañas y cuando despierta solo piensa en terminar con su cuadraplejia. Sin embargo a él llega una mujer joven que ha sido lanzada de su trabajo (una cafetería) luego de haber sido camarera por más de seis años.

Ella siempre quiso vestir bien, le encanta la moda pero en el seno de la pobreza de su familia, un álbum hecho por el abuelo es el mejor regalo de cumpleaños. Para él, que ya está dando los pasos en su futura eutanasia, el testamento y dejar "las cosas en su lugar" son prioridades.

No voy a espoliar más, pero me regocija que ciertos cienastas (Me before you, Thea Sarrock, 2016, adaptación de la novela de Jojo Moyes por la propia autora, 2012) aún piensen en los demás seres humanos y en sus conflictos reales antes que en súper héroes inauditos que nos han cegado con su ambición y búsqueda de una "falsa justicia" en un planeta cuyo principal sesgo ahora mismo es la maldad, la dosis de maldad que se ve en la literatura o en el mismo cine o en la misma vida real, por ejemplo, y que tanto aplaca la bondad de este filme.

Es sublime la escena en la que los protagonistas bailan, sí, bailan o fingen bailar sobre la silla de ruedas de él. Ella lo rodea con sus brazos mientras el aprieta el mecanismo que le ayuda a realizar círculos frente a la mirada atónita de los invitados a un matrimonio.

Paúl Puma  


miércoles, 29 de mayo de 2019

El Principito





portada El Principito
No cabe duda que esta adaptación de Mark Osborne (2015) es una severa crítica a la esencialización del ser humano. Los entes maduros que deambulan por la cinta son personas de personas que agachados cumplen con la misión de convertirse en clips. Más allá, en la metafísica del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) está la rosa que no se ve entre las estrellas o el pozo que, escondido, descubre la belleza del desierto.
Ahora, tampoco cabe duda de que una buena narración maneja el adiós y la separación como mecanismo dramático elevado que empuja al espectador a las lágrimas del ser que sabe que ha perdido algo o mucho en esta vida. La amistad que se fragua, en este caso entre una niña y un anciano, alberga un corte triste, pero necesario.
Metáfora, tras metáfora, la construcción del filme apunta a la astronomía: las estrellas son los personajes principales: el anciano que contempla a la niña con la sapiencia de que no olvidará, aunque crezca, el jardín perfumado de la infancia: "serás una buena adulta", le dice.
Es una película dirigida a los adultos más que a los niños. Su estupenda banda sonora es portable y transmitible como una voz que se desprende de las risas de un viejo u de un niño, ese que pulula en el firmamento y que limpia su planeta, apenas más grande que él, para desvelarnos el amor por el otro que aguarda en los diamantes que brillan en el éter.

Paúl Puma

viernes, 10 de mayo de 2019

De 5 a 7

Amantes de 5 a 7 (Victor Levin, 2014)

Imagen relacionada





















Más allá de los anhelos frustrados de Brian, un joven escritor newyorkino y de su colección de rechazos literarios con los cuales ha empapelado su pared, está una mujer Arielle, que lo miró con gusto y que luego se dejó mirar por él: sta película comienza con el clásico estereotipo de la preciosa francesa, esposa de un embajador, que en un respiro fuma en una acera a las afueras de un gran hotel, fuma con una delicadeza tal que atrae a ese joven (una década menor quizá) que al no comprender las reglas distintas del "menage" francés (y de su papel de novio de la mujer con la anuencia del marido-embajador) intentará volarse la cabeza o el corazón con el de ella (huir en pareja).
Los dos están absolutamente enamorados, pero la francesa no podrá desprenderse de su marido y mucho menos de sus hijos pues eso equivaldría a desprenderse de sí misma.
Sin embargo, después de los años y en un encuentro casual: ya cuando han sido forjadas sus vidas: las de todos, las del escritor aceptado por la revista The New Yorker y novelista consumado (con su novela La sirena; la francesa: el amor de su vida: aquello que pudo ser y no será), así como la del matrimonio galo, el anillo por el que apostó el joven novelista: seis mil dólares más los impuestos del premio por su primera novela aceptada, reposará en uno de los dedos de la francesa cuando esta se quite con delicadeza su guante.
Un filme sobre la propia escritura en juego, cuando la vida te dice que no, que el camino que elegiste es el errado y que mires hacia un lugar más sano, aunque menos encantador.

Paúl Puma

sábado, 27 de abril de 2019

About love o Cuestión de tiempo (Richard Curtis, 2013)


Resultado de imagen para about time

Ahora que toco las teclas de mi laptop como si tocara un piano, es decir con las muñecas levantadas y los dedos que ligeramente acarician los sonidos de las palabras, puedo pensar en que la vida se encuentra en este instante, en ese que quiero comprender o deducir cuando junto esa peluza invisible al alzar los dedos juntos de una de mis manos. Este párrafo es presente, pero ya fue/es pasado.
El protagonista de About time Tim Lake (Domhnall Gleeson) tiene en esta historia la capacidad de viajar al pasado para besar a la chica que no pudo cuando se terminaba el año o salvar a su hermana de un accidente de auto. Sin embargo, la única condición o corte que se debe producir para que el no pueda retornar en el tiempo es que una nueva vida aparezca en su vida (una hija, por ejemplo) y, con el dolor de su espíritu, deberá volver con su padre a chapotear cuando era niño por última vez, para despedirlo, al borde del mar.
Es la vida y la muerte y la vida de las familias de todos los tiempos, pero es también el recuerdo enamorado de quienes nos acompañaron y que ya no estarán más.
Por eso, me descubro el cabello ante la esencia que plantea esta película: ya no es necesario viajar a ninguna parte, únicamente VIVIR ESTE INSTANTE Y ESTE DÍA como si no hubiese otro, porque en realidad NO LO HAY. El pasado ya no está, quizás es fruto de nuestra imaginación (alguien o algo nos imprimió memorias arbitrarias o verdaderas o falsas con el rostro de la experiencia, como en esa novela de Philip K Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, 1968, véase también Blade Runner de Ridley Scott, 1982). El futuro es una ilusión, un sofisma, una imagen mental desvaída. Sin embargo, es obligatorio vibrar en las teclas de la laptop. Sentir lo que estoy sintiendo ahora (sin excusarme por el gerundio), así, desde esta ventana y esta ciudad que se llena de luces luego de un triple aguacero: agradecer por el frío tanto como por el calor y por lo que aparece ante mi cuerpo. Así, con los dones y las bendiciones que te brinda la milagrosa vida despampanante. Así, sin pre-ocuparme por las cosas: ya vendrán como tengan que venir. Entonces, el entonces no tiene otro nombre que este, el que menciono ahora, como una murmuración, entre mis labios. El verdadero propósito es disfrutar con la ATENCIÓN que merece este instante y en el mejor esfuerzo de goce, eso que ni el propio Zeus pudo desvelar en aquellos simples moradores de la Tierra llamados mortales o, si se quiere ser más gentiles (gentil, qué cualidad más bella): humanos.  

Paúl Puma

jueves, 6 de diciembre de 2018

La vida es bella


 Image result for la vida es bella
El mismo año que la película italiana ganó el Oscar al mejor filme, al mejor actor y al mejor director del año, La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) trazada a la luz de estremecedoras notas musicales (una banda sonora inolvidable de Nicola Piovani), que conduce a cualquier espectador hacia las lágrimas cuando se encuentra frente a los ojos de la bestia del holocausto nazi: campos de concentración y crematorios o piras humanas por doquier.
En ese escenario el padre sublimará la barbarie al hijo, un niño que se salva (de los horrores mismos de la devastación cuando mira con los mismos ojos de quien le brinda la vida dos veces, la última evitándole morir en manos de los soldados alemanes).
La vida es bella es un artefacto literario al cual se debe recurrir cada vez o de vez en cuando para recordar el verdadero amor incondicional y el amor al amor verdadero sin condiciones: la comicidad del hombre en el terror del exterminio animal.
Es memorable la escena en la que el padre se presta como traductor de un comandante para transfigurar sus "ladridos alemanes" (no son palabras, son ladridos), con intenciones sádicas, en las reglas para un juego. Juego del que no saldrá vivo, pues, hasta el último segundo (aquí la piel se pone carne de gallina o de pavo) ha de marchar al inútil y malévolo sacrificio con una sonrisa frente a su vástago.
Si Steven Speielberg hizo una obra de arte (en virtud de su ascendencia judía) con La lista de Schindler (la película es ineludible sobre todo si se piensa que la humanidad observó dos guerras mundiales con paroxismo y, ahora, mira a Siria y a Palestina contra los israelíes -antiguamente tierras benditas- con normalidad, como si el enfrentamiento a muerte entre seres humanos, las armas químicas o los constantes bombardeos fuesen algo común, superficial, de costumbre), en el filme de Benigni (no ha podido y quizá no pueda superar su osada creación cinematográfica) es una obra de vida sobre la muerte y los mecanismos que tiene el hombre para eliminar a otro en pos de un ideologema de superioridad o de ortodoxia o de único episteme que desconoce las diferencias y se llena el falso corazón de odio y maldad radicales.
Sin embargo, en el fango del más pútrido odio nace, casi invisible, una ferviente flor.

Paúl Puma

martes, 20 de noviembre de 2018

Relatos salvajes

Image result for relatos salvajes
Ayer he visto por cuarta vez el filme Relatos Salvajes dirigido por el joven director argentino Damián Szifron (escrito en la compañía de Germán Servidio) y me veo en la obligación de revisar sus otros filmes: Los simuladores del 2002 y Tiempo de valientes del 2005.
La película nominada al Oscar el 2014 recoge seis narraciones espectaculares que están atravesadas por una violencia que explora en los recónditos sentimientos humanos (aquellos que nadie querría revelar como la duda por el asesinato o el insulto leve que puede convertirse en una bomba de tiempo entre dos contrincantes de la carretera).  Aquí, es imposible olvidar de qué manera un conductor "se hace popó" (literalmente) sobre el parabrisas del auto de quien lo insultó, como quien insulta a nadie (eso ocurre todos los días y todo el tiempo en las vías del tráfico de Quito y de la mayoría de las ciudades de este mundo). Si bien es contundente la manera en que los guionistas traducen la pelea a ultranza de los dos (hace poco) desconocidos conductores, llama la atención la música que revelará luego sus rostros carbonizados y el comentario de un policía: "posiblemente crimen pasional".
El conjunto de golpes que uno como espectador/lector recibe cuando todos los pasajeros de un avión que se va a estrellar se percatan de que una persona los envía a la muerte por venganza (imposible olvidar su nombre: "Pasternak"), es supremo en cuanto a la forma en que los narradores audiovisuales desenredan el asunto para llegar a esa imagen en la que un avión explota (la imagen queda detenida) frente a las manos de dos ancianos que veían pasar la vida frente a su piscina (este no es el final del filme, es el inicio, antes de que miremos de frente a animales salvajes).
El ruso estructuralista Vladimir Propp pensó reducir los elementos claves de una narración (la cinematográfica es una) a las funciones: Alejamiento, Prohibición, Transgresión, Interrogatorio, Información, Engaño (este recurso me fascina en el cine), Complicidad, Fechoría, Mediación o momento de transición , Principio de acción contraria, Partida, Primera función del donante (el héroe sufre una prueba), Reacción del héroe, Recepción del objeto mágico, Desplazamiento, Combate, Marca, Victoria, Reparación, La vuelta, Persecución, Socorro, Llegada de incógnito, Pretensiones engañosas, Tarea difícil, , Tarea cumplida, Reconocimiento, Descubrimiento (este recurso es encantador y alivia), Transfiguración (es necesario que los personajes evolucionen, aunque hay sus excepciones), Castigo, Matrimonio (el héroe se casa y asciende al trono). Empero, nunca se imaginó que la Irracionalidad o El absurdo (condición elemental y necesaria del ser humano cuando es expuesto a situaciones extremas) marcarían rutas más allá de la estructura aristotélica (la montaña rusa que piensa en un inicio, desarrollo y final, así como en puntos de conflicto entre protagonista y antagonista, o en ascenso y descenso para llegar al clímax, por ejemplo): esas rutas sintonizan con la narrativa moderna literaria (anticipación, pistas falsas y/o sorpresa: en cuanto a este último elemento se lo podría pensar como consecuencia del engaño), pero también son propiedad del cine.
He reparado en Propp porque Relatos salvajes disuelve estas funciones y las usa magistralmente. Desde esa perspectiva será absolutamente disfrutable ver cómo un hombre al que la grúa se le lleva el automóvil varias veces protesta ante un sistema burocrático de tránsito caduco: explota literalmente el lugar donde la grúa depositó (la palabra está bien) su auto.
Es imposible olvidar a la cocinera demente (¿está demente? no es obvio) que asesina con cuchillo por la espalda a un prepotente postulante a político, haciéndose eco de la "inconsciencia" colectiva de los argentinos, por su situación, frente a los demagogos y malvados abusadores del pueblo (nadie dice que el crimen resuelva algo, es una narración y como tal hay que verla: ficción). También vuelve una y otra vez a la memoria icónica auditiva esa canción de David Guetta: I'm titanium. La he escuchado en todas sus versiones. Mis estudiantes y yo volvemos a emocionarnos por una Verdadera Montaña Rusa Moderna que conduce a un abismo con un final grotesco: después de un matrimonio y champagne y pastel hasta el hartazgo, titila en la mente una sola imagen acompañada por una nueva balada atroz: el muñeco y la muñeca de los casados y una intermitente lluvia de harina.

Paúl Puma     
 

lunes, 19 de noviembre de 2018

La balada de Buster Scruggs

buster

Los hermanos Coen (valuartes del cine indie estadounidense, que han dirigido películas como Blood simple en 1985 o Fargo en 1996) escribe, dirigen y producen los pequeños 6 capítulos (viñetas) de un libro a veces raro, a veces bizarro, en el que conciben el absurdo (plagado de un vigoroso humor negro) como una suerte de fábula marcada por el corazón del western norteamericano. Los escritores audiovisuales apuntan a la idiosincracia del oeste gringo, a sus mitos y a sus inicios salvajes (podría compararse esta narración entrecortada y prismática, de lejos, con Relatos Salvajes, la película producida por la productora de Pedro Almodóvar: El deseo films por hacer de cada una de sus narraciones una especie para disfrutar bajo su aureola de suspenso y sorpresa final).
Es sumamente poderoso el primer corto, amparado por la luz de la página de un libro revelada por el telón del papel araña (así como están amparados los capítulos de esta narración audiovisual). En él, el pistolero-cantor o cantor pistolero Buster Scrugg (Tim Blake Nelson) se sabe el mejor con su arma: llega a volarle uno por uno los dedos a su oponente, antes de que intente sacar su pistola y (a una distancia larga, que se vuelve prodigiosa cuando Scrugg cree que "debe terminar el trabajo") dispara, mirando a un espejo, para finalizar con el duelo. La enseñanza de este primer texto audiovisual nos permite repensar: "era el primero hasta que apareció otro", "debí haberlo visto venir" (llegar a ser "el primero" es difícil, mantenerse, mucho más).
Después, me interesa el hombre sin extremidades que profesa poesía arrancada de la mejor lírica estadounidense e inglesa  y que es mantenido por su patrón, quien lo explota para sobrevivir, en su teatrino ambulante: el hombrecito será cambiado (su patrón ensaya una piedra y su peso lanzándola sobre un río) por una gallina que sabe contar cuando picotea la cantidad que piensa el público perdido del oeste (gallina calculadora: atracción circense).
Está, por supuesto, ese viejo buscador de oro que logra su veta con tenacidad y que recibe un tiro por la espalda de otro buscador de oro que lo buscaba (vale la reiteración). Cuando el ladrón piensa que tiene su veta, el viejo se levanta y lo ultima: "miserable", le grita.
Luego, que avasallante e irónica es la imagen de la mujer que ha recibido la orden de pegarse un tiro en la frente si queda sin cuidado de un vaquero que acaba sistemáticamente con una decena de indios que lo atacan varias veces. La mujer ha creído que su guardián ha muerto cuando el indio que se escondía en el cuerpo de un caballo ha llegado a tomarle de la cabellera al vaquero y casi le ha quitado el cuero cabelludo cuando el "cara pálida" ha terminado con el emplumado. "Pobre mujer" dice el vaquero.   

Paúl Puma