
Batalla en el Cielo
Año: 2005
País: México
Duración: 88 min
Director: Carlos Reygadas
Reparto: Marcos Hernández, Anapola Mushkadiz, Berta Ruiz, David Bornstein, Rosalinda Ramírez
Guión: Carlos Reygadas
Música: John Tavener
Productora: Golem - Coproducción México-Francia-Bélgica
Género: Drama erótico Premio mayor del 2º Festival Latinoamericano de Cine de San Rafael, Mendoza, Argentina.
Imagínate a Ana, una "aniñada" (mimada por la vida y por su condición socio-económica) del sector residencial de Quito González Suárez de alrededor de 17 años, esbelta, blanca, con un insuperable tatuaje en su dorso atlético u propio de la adolescencia y con grandes afanes de prostituta haciendo el amor con Marcos, un adulto obeso, mestizo, de piel cobriza, de rasgos más bien indígenas, vendedor de relojes y chofer del mercado Ipiales en la misma ciudad.
Eso es Reygadas.
Un soñador impredecible e iconoclasta que desprecia a la propia historia si esta no trae un condimento real.
Carlos se ampara en las teorías cinematográficas de Andréi Tarkovski para luego desprenderse de él y jugar literalmente con sus actores-personajes que, en el caso de Ana, la puta fun phunk rasta, Anapola Mushkadiz (actriz) debe cumplir con un felatio con un valor inaudito y silencioso los primeros minutos del film ante una cámara casi siempre absorta en la escatología.
Su Batalla es una elegía a la diferencia de las clases sociales mexicanas y universales. Al director no el importa perderse en un travelling circular, lento y kafkiano, sobre las carachas de la pared para presentar un acto absurdo pero que puede ser real (en la cabeza de Reygadas lo es, ante la cámara lo es).
Y, luego, acaso una pareja de "gordos" amándose difícilmente desde el feísmo de sus cuerpos con miradas inexpresivas y senos caídos y pieles morenas trabajadas por la supervivencvia que olvidó la vanidad.
Habitaciones grises, gemidos de violín. Estética versus estética.
Después, un sustantivo arte de contemplación sobre la pareja de vendedores en el subter donde sólo el sonido del reloj es un anuncio de alguien que, quizás, apura a su niño para ir a la escuela o de un anciano que lleva a cuestas su funda para guardar su orina.
Solo la voz deliciosa y ronca de Ana que contrasta con la monosilábica y difusa voz de Marcos ya es una ganancia.
Ni hablar de la cotidianidad capturada de la calle en la peregrinación que se moverá hasta el fin bajo el ritmo solapado de Padre nuestro tú que estás... de modo insistente que, al contrario de Underground de Kusturika, demostrará una insólita belleza antes que una alegría paranoica.
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