sábado, 4 de marzo de 2017
La La Land
De mí aún no se borra ese monumental equívoco del viejo actor de Dick Tracy (Warren Beatty) para otorgarle el Oscar a la mejor película a La La Land cuando en realidad tenía que señalar como ganadora a Moonlight (tan falloso es el ser humano que puede errar literalmente frente a todo el mundo y por televisión). Sin embargo debo admitir la fascinación que me ha permitido sentir esta película en cuestión por el ensueño y la persecución de los anhelos artísticos humanos (piénsese en El perseguidor de Julio Cortázar, Bruno el escribidor y Johnny Carter el saxofonista que remite a Charlie Parker: el escribiente).
Pude saborear la impotencia de la actriz o del músico (el escritor, el poeta, el artista) frente al universo de una ciudad (no importa cuál, Los Ángeles, Quito) que no le brinda condiciones para su realización. La película me volcó a preguntarme sobre esos actores o músicos o artistas de este país que fueron o son tan maltratados por buscar el arte (no hay seguro, no hay medios pero sí ganas y talento). A cuántos castings deben recurrir las actrices o los actores por ejemplo, cuántos desaires deben sufrir frenta a auspiciantes de la empresa privada o estatal, cuántos sacrificios (incluso alimenticios) deben pagar para actuar en esos escenarios rarísimos que son el teatro o el cine (escenarios que a un economista o a unos padres de familia le sonarán como a estupideces sin oficio ni beneficio) en un planeta que privilegia el capital por sobre la expresión de la sensibilidad estética del ser humano.
La La Land (Damien Chazelle, 2016) es un musical con todo lo que eso conlleva para una audiencia como la latinoamericana o la nuestra que se aburre cada vez que cantan los personajes sin comprender el sentido que para un estadounidense tiene este subgénero cinematográfico: la expresión de una idiosincrasia, de un imaginario que radica en el sueño americano y mucho más en un país que privilegia el ideologema cinematográfico para establecer y perpetuar su poder.
Más allá del formato musical-retro-actual (veinte millones de dólares, miles de extras, siete años para realizarla) que recupera los exquisitos gustos del director por el jazz y ciertos toques pop (que encantador se escucha ese cover de A ha: Take on me o esa pieza musical única sobre el piano de Ryan Gosling que para este largometraje aprendió a tocar ese instrumento musical inalcanzable para el ciudadano común de nuestro medio), detrás de la parafernalia de la puesta en escena, hay un filme moderno en el que la premisa es la bifurcación del camino en la vida de una pareja de artistas (uno pianista, otra actriz: Gosling, Emma Stone): la elección de su sueño en la vida o su amor.
En sensacionales giros dialécticos Chazelle (el más joven director de Hollywood en ganar un Oscar, con solo 31 años, ya antes había dirigido esa feroz teoría de la exigencia en la educación musical llamada Whiplash) vuelve a los puntos climáticos de la historia una y otra vez narrándonos eso que fue y lo que pudo haber sido (cómo se conocen, como se aman, como se separan los personajes para volver a soñarse juntos aunque solo sea como una mera ilusión). Y de lo que no fue precisamente surge vibrante la melancolía: esa sonrisa de los dos que quisieron continuar abrazados pero que se separaron para seguir la ruta de sus oficios artísticos. Sonrisa de amor (aquel que se contenta con el bien del otro u de la otra, aquel que prefiere ver de lejos al amante pero verlo bien, aunque se muera por dentro), amor que no claudica y que conduce hasta las lágrimas a ese anónimo espectador que sabe lo que conlleva la elección artística frente a una profesión que brinde estabilidad económica en un mundo insensible cuyos automatismo y coerción tienden a vanalizarlo todo.
Paúl Puma
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