jueves, 6 de diciembre de 2018

La vida es bella


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El mismo año que la película italiana ganó el Oscar al mejor filme, al mejor actor y al mejor director del año, La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) trazada a la luz de estremecedoras notas musicales (una banda sonora inolvidable de Nicola Piovani), que conduce a cualquier espectador hacia las lágrimas cuando se encuentra frente a los ojos de la bestia del holocausto nazi: campos de concentración y crematorios o piras humanas por doquier.
En ese escenario el padre sublimará la barbarie al hijo, un niño que se salva (de los horrores mismos de la devastación cuando mira con los mismos ojos de quien le brinda la vida dos veces, la última evitándole morir en manos de los soldados alemanes).
La vida es bella es un artefacto literario al cual se debe recurrir cada vez o de vez en cuando para recordar el verdadero amor incondicional y el amor al amor verdadero sin condiciones: la comicidad del hombre en el terror del exterminio animal.
Es memorable la escena en la que el padre se presta como traductor de un comandante para transfigurar sus "ladridos alemanes" (no son palabras, son ladridos), con intenciones sádicas, en las reglas para un juego. Juego del que no saldrá vivo, pues, hasta el último segundo (aquí la piel se pone carne de gallina o de pavo) ha de marchar al inútil y malévolo sacrificio con una sonrisa frente a su vástago.
Si Steven Speielberg hizo una obra de arte (en virtud de su ascendencia judía) con La lista de Schindler (la película es ineludible sobre todo si se piensa que la humanidad observó dos guerras mundiales con paroxismo y, ahora, mira a Siria y a Palestina contra los israelíes -antiguamente tierras benditas- con normalidad, como si el enfrentamiento a muerte entre seres humanos, las armas químicas o los constantes bombardeos fuesen algo común, superficial, de costumbre), en el filme de Benigni (no ha podido y quizá no pueda superar su osada creación cinematográfica) es una obra de vida sobre la muerte y los mecanismos que tiene el hombre para eliminar a otro en pos de un ideologema de superioridad o de ortodoxia o de único episteme que desconoce las diferencias y se llena el falso corazón de odio y maldad radicales.
Sin embargo, en el fango del más pútrido odio nace, casi invisible, una ferviente flor.

Paúl Puma